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El odio de los Yaipén!

Publicado: 2010-05-31

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Nadie a esta altura del partido duda que la música sea un reflejo puramente social. Una construcción cultural que representa el aquí el ahora de un sentimiento nacional. Las letras de las canciones – así como la música – condensan miles de inquietudes de la población, más allá de que nos gusten grupos extranjeros o que no nos gusten determinados artistas porque se alejan de nuestro estándar auditivo, influido por nuestros procesos de socialización primario (padres y colegio). Nos gusta lo que nos debería gustar por nacer en determinado espacio y tiempo. Eso se aplica en la India, China, Inglaterra, Argentina y Perú.

Hace 30 años que un nuevo género musical irrumpió en las clases bajas y se quedó para siempre transformando, mutando y adquiriendo rasgos de países vecinos pero con una identidad peruana: la música chicha. La mezcla del sentimiento triste del Huayno con la tecnología caló hondo en los emigrados provincianos en Lima. Una guitarra eléctrica que lloraba con un sonido melindroso era típica del sonido de Los Chapis. Así como el género devino en una cumbia y fue sujeto de varios estudios sociológicos (“la cultura Chicha en el Perú”, brillante libro del Sociólogo Fernando Ramos), los hijos de aquellos que escuchaban chicha empezaron a buscar una identidad más ecléctica, al fin y al cabo ellos no habían nacido en los Andes sino que eran limeños y buscaban ocupar nuevos espacios en la sociedad limeña – Los Olivos, por ejemplo – y ya no se identificaban con esa música tan desgarradora. Pero los sentimientos profundos no desaparecen de una generación a la otra tan fácilmente sino que quedan en el inconsciente colectivo para regresar de nuevo como un boomerang.

Hoy la quintaescencia de la cumbia peruana son los hermanos Yaipén: Walter y Javier. Su música es muy pegadiza utilizando recursos del pop inglés para que la melodía quede rebotando en los cerebros. La música es alegre, pero las letras son poco humanas y más bien reflejan un odio visceral hacia el ex ser amado entre un despecho y un aborrecimiento que llaman la atención por su poco espíritu cristiano. Es de esperar que uno le desee lo mejor en su vida a alguien que amó, sino ese sentimiento fue cualquier cosa menos amor. “Del amor al odio hay un solo paso”, es una frase infantil, inmadura y que poco tiene ver con lo realmente humano que hay en cada uno.

Algunos ejemplos de las elaboradas letras de los Yaipén “lárgate, haz de tu vida lo que quieras, te estoy botando como un perro. Fuera, fuera…” o la más conocida “Ojalá que te mueras, Que se abra la tierra te hundas en ella y que todos te olviden, Ojalá que te cierren las puertas del cielo y que todos te humillen”.

Podemos quedarnos en lo literal, en aquello que la letra dice, pero podemos ver, asimismo, un rebrote de algún tipo de odio visceral y profundo; desgarrador y resentido. Te deseo todo el mal que puedas recibir: ¿le están hablando a una ex o a un grupo o clase social?


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